Celanova, Ourense, 23 de marzo de 2025.
Refectorio del monasterio, prisión franquista entre 1936 y 1943.
Soy profesor de instituto. Llevo hablando en público a diario desde hace 34 años y no he sentido jamás el menor nerviosismo ante un auditorio. Hoy no es así. Los testimonios que ayer escuché de boca de las familias que están en este acto son tan íntimos que me veo incapaz de erigirme en portavoz de todas ellas.
Sin embargo, sí hay algo en lo que creo que podemos hablar con una sola voz. Para ello, debo dirigirme al señor Fiscal General del Estado. Señor: el artículo 124.1 de la Constitución Española dice que usted tiene encomendada la promoción de la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la ley, de oficio o a petición de los interesados. Señor, con el máximo respeto: la ley de Memoria Histórica ha de cumplirse hasta el final. Quienes hoy vamos a dejar unas flores sobre la tumba dignificada de nuestros familiares nos vamos a sentir muy aliviados, pero en España hay todavía miles y miles de desaparecidos en las cunetas, en las fosas comunes, en los barrancos; y miles y miles de familiares que tienen derecho a la verdad, a la reparación y a la justicia. Con el mayor respeto, señor, pero con firmeza, le pido que haga cuanto esté en su mano para revertir esta infamia.
Y, ahora ya sí, hablo en nombre de mi familia.
El 10 de septiembre de 2004 comenzó sus trabajos la Comisión Interministerial para el estudio de la situación de las víctimas de la guerra civil y la dictadura franquista. Al día siguiente publiqué en El País una carta en la que narraba la desdichada suerte de mi familia materna, devastada sin piedad por quienes pisotearon la legalidad de una República libre y democrática salida de las urnas. Ese breve texto resumía la mala estrella de mis antepasados: fusilados unos en las tapias de los cementerios (como mis tíos abuelos Gregorio y Paulino, cuyo bisnieto Jesús está hoy aquí); condenados a muerte otros (como mi abuelo Juan); o presos durante años inacabables (como mis tíos abuelos Alberto y Luis); o condenados a trabajos forzados en el valle de Cuelgamuros (como mi tío abuelo Esteban, cuyas bisnietas Marina y Raquel están aquí también hoy); o exiliados de España para siempre (como mi tía abuela Remedios).
Aquel texto mencionaba el destino final de todos ellos, excepto uno: el bisabuelo, Victoriano López García, nacido en Guadamur, Toledo. La última persona de la familia que lo vio con vida fue una niña, una de sus nietas, prima de mi madre, que todavía hoy recuerda ese momento, ya nonagenaria y ciudadana de la República Francesa, y me conmueve cuando habla castellano porque conserva intacto el acento de nuestro pueblo.
Esa especie de mensaje en una botella tardó 20 años en llegar a las manos de quien sabía interpretarlo. El 6 de marzo de 2024 Silvia Rodríguez Pontevedra, periodista de El País en Galicia, me llamó por teléfono para decirme que el Comité de Memoria Histórica de Celanova había cruzado los datos que yo ofrecí con los documentos que obraban en su poder, y que el bisabuelo yacía en una fosa común del cementerio de San Breixo. Según aquel Estado infame, este anciano de 76 años, viudo y con la familia masacrada, (leo de su expediente militar) “no tenía más oficio que leer la prensa roja para después poner al corriente a toda su camarilla de la marcha de los acontecimientos político-sociales, procurando envenenar a todos sus hijos, los más destacados criminales de esta villa, para darles instrucciones de los incautos que tenían que asesinar”.
Ochenta y dos años después, vine a saber que aquel anciano que la vulgar prosa fascista difamaba sin escrúpulos fue arrancado de su pueblo sin motivo alguno, traído a una prisión remota y abandonado para que muriese, a los 45 días de su llegada, no de muerte natural, como miente el registro, sino de tristeza y desamparo, sin que nadie de su familia, hasta hoy, supiera qué fue de él. Y por ello non atopo un modo mellor de demostrarvos o meu respecto e o meu agarimo que falarvos na lingua desta terra que, desde agora, é tamén da miña familia: a miña terra, a do meu irmán, que me acompaña hoxe, e a que cobre ao meu bisavó por fin en paz.
Grazas a Silvia, que me fixo admirar aínda máis o meu pasado familiar; grazas aos membros do Comité de Memoria Histórica de Celanova, pola súa abnegada defensa da dignidade; grazas aos historiadores, forenses, arqueólogos e xenetistas dos grupos Histagra e Imelga; grazas aos artistas Baldomero Moreiras e Uqui Permui polos seus traballos. Pido perdón a quen poida estar a esquecer por descoido.
Acabo ya, y me dirijo a mi bisabuelo abrumado por la responsabilidad de tener que ser yo quien dé voz a quienes ya no están, especialmente a mi madre. Victoriano: venimos hoy, 23 de marzo, precisamente el día de tu cumpleaños, a decirte que la semilla que plantaste sigue viva, a pesar de todos los pesares; que se convirtió en un árbol frondoso cuyas ramas se acabaron entrelazando con otras muy lejanas, llegadas de Francia, de Canadá, de Colombia y de México, y que de todas ellas te traemos hoy el amor y el respeto que siempre mereciste y que pone fin a más de ochenta años de ignominia.
LUIS MIGUEL SOTO LÓPEZ, bisneto de Victoriano López, morto na Prisión Central de Celanova en 1941.
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